Al hombre que tanto intenté comprender, y quizás, salvar:
No estoy enojada contigo.
Incluso ahora, entre los ecos persistentes del dolor, todavía creo que me diste lo mejor que podías darme… que tal vez eso era todo lo que tenías para ofrecer.
Pero amarte fue como caminar sobre cáscaras de huevo cada día, una danza constante y precaria para no detonar tus cambios de humor tan impredecibles.
Estar contigo me drenó por completo; me arrastraste sin descanso hacia tu tristeza, tu ira, tu caos… hasta que apenas podía escucharme a mí misma.
Mi voz se perdió entre el ruido de tu tormenta.
Sé que estabas herido, lo sé profundamente.
Vi tu dolor, incluso cuando intentabas ocultarlo.
Pero lo descargaste en mí, usaste mi disponibilidad emocional como el recipiente de tus propias luchas.
Rompiste cosas dentro de mí: pedazos de mi confianza, de mi alegría, de mi espíritu…
Cosas que aún, día tras día, con mucho esfuerzo, intento volver a reconstruir.
¿Y lo más difícil de todo?
Que de verdad pensé que podía ayudarte a sanar.
Creí sinceramente que mi amor, si lo entregaba de forma incondicional y sin límites, sería suficiente para curar tus heridas.
Pero he aprendido —a través de una experiencia tan amarga como necesaria— que no importa cuánto amor des, ni cuánto de ti mismo derrames por otro…
Simplemente no puedes salvar a alguien que no quiere ser salvado, que no está listo ni dispuesto a hacer su propio trabajo interior.
Esa es una de las lecciones más dolorosas, pero también más importantes, en este viaje llamado Amor y Pérdida…
Crédito a quien corresponda ✍🏻
